sábado, 22 de marzo de 2014

El cazador cazado

La seda fina se esta deslizando por mi cuerpo, se siente como si fuesen tus caricias prohibidas y a la vez se vuelven una sensación de agite, algo turbulento que se hace grande y pequeño
              Es un monstruo que se esconde entre pieles, se hace potente cuando las lagrimas lo alimentan, se vuelve tierno cuando la cama se presta
              Su guarida parece la entrada al infierno, huele a sangre y miel, aromas mezclados con sudor que se vierten y sumergen entre cavernas subterráneas, es oscuro pero nada más oscura que su habitación, tengo cuidado pero no prometo salvarme del precipicio, tal vez me convierta en un réprobo
              Siento su respiración por las paredes de este templo pagano, es asechaste la presencia de este ser inmortal en átomos, prosigo aunque el pulso se me desvanezca entre tanta agitación de volumen y masa
              Estoy sigiloso, casi arrastrándome como la serpiente, soy un sabueso perdido en la media noche, que no consigue a la bestia que arrasa con la carne tierna, las huellas se hacen casi invisibles en este fango eyaculado, se masturba mi corazón al oír cercanas pisadas, aun sigo pero mis ganas se alzan
              Me veo solitario, como si fuese la única existencia de vida en este feroz hueco que fue visitado por el ángel caído, no es miedo, tal vez sean ansias de la piel fresca y amarga que juega al cazador cazado
              El techo llora pequeños rocíos de melancolía y recuerdos que cubren por completo a mi cuerpo, no se que hacer pero estoy inmóvil, y es cuando su presencia se hace falicamente erguida de las tinieblas
              Me clavas todo tu odio, siento como tu veneno corrompe cada célula de mi organismo ya indefenso, eres un cáncer que se come todo por dentro, te vuelves abrasador y quemas todas mis fantasías, me desvaneces con tu mirada, no trataré de liberarme, aquí estoy , no tuve miedo, te vine a enfrentar aunque ya sabía cual era el final
              Quedo petrificado, tendido en el suelo húmedo con olor a pasto quemado, veo tu cínica risa a lo lejos del cristal, pues te grito desde mi interior que no me usaste, no me heriste, pues tu mataste todo lo que había dentro de mi hace mucho tiempo, veo tu rostro retorcerse de impresión, me río mil veces de ti maldito, no obtuviste esta vez lo que tanto anhelabas pues ya yo estoy muerto y ahora te toca morir a ti, en mi ya no existe el amor, mi sangre con opio te matará poco a poco, pues me imagino que te gusto lo tibia que estaba
              Ahora no hagas más, y pon tu cara frente a la mía, recuéstate y muramos lentamente hasta que todo este infierno arrase con los dos, nadie sabrá de nuestra existencia ni paradero, estaremos eternamente juntos, y sé que éste será el peor castigo que pudiste haber tenido, sólo cierra los ojos y espera que la llama de mi antorcha se extinga, aguarda pues la oscuridad y el silencio sepultarán nuestros cuerpos en la nada para siempre, hasta la eternidad.

Román Hernández



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