Las rosas han envejecido a esta hora de la noche, su olor impregnante se ha vaporizado, ya no queda nada, sino restos de lo que a lo mejor pudo ser en un
momento determinado, las manos vacías, los labios secos, los ojos húmedos, solo queda esta penumbra desbordando cenizas, carbón y soledad.
El edificio de un destino se nota sucio y desgastado por la erosión de miles de sentimientos que nunca fueron correspondidos, está flotando entre
sus bases debilitadas por el adíos más cruel, no hay amor, no hay caricias, sólo un hueco tan profundo como la entrada al infierno, entre los escombros una raíz de esperanza trata de sobrevivir algo moribunda, ahogándose
entra tantas mentiras que se le vertió en una madrugada inesperada.
Las espadas ya penetraron todos los cuerpos existentes, cae un festín de mortandad sobre la alfombra de lo que no pudo ser jamás, sangre, vino,
perfume, es un completo desastre mezclándose con esta eunoca vida. Las obras están goteantes, el silencio oportuno, y nadie es capaz de averiguar que paso en estos metros de tormento.
Es la peor devastación histórica, un completo genocidio de recuerdos, una cacería de brujas mal planeada, el sólo quemó mi pasto, y corrió
a lo lejos, su silueta atemorizada se perdía entre el horizonte, y yo veía su cuerpo alejarse de estas tierras un poco ausentadas por mi identidad.
Oye como el suelo tiembla, temed adorador del falo, voy a reclamar lo que es mío, lo que me robaste, mi felicidad, te la llevaste cautiva entre
tus fechorías, ahora escóndete asquerosa serpiente, huye a tu guarida, corre lejos, pues mis bestias degollarán todo lo que tengan que ver con tu existencia.
El puñal esta erguido hermano mio, no temas, solo haré una incisión kilométrica en el medio de tu corazón, la brisa húmeda por el rocio de
la marea acaricia mi rostros, estoy a orillas de tu castillo, esperando que bajes a dar batalla a estas ganas siniestras, el sol esta excitado y la flechas con morbo milenario yacen afiladas para rasgar todo tu ruin cuerpo,
pues no eres capaz de ser por ti mismo.
Disfruta el sonido de las rocas de tu fuerte caerse, es un mandato divino, tu existencia llegó a su final, tus soldados tiñen el mar con su sangre,
y eres tan cobarde que mandas a indefensos dormir a la boca del lobo hambriento.
Veo retazos de lo que es tu vestimenta bajar con pausada prisa, por las escaleras antiguas de lo que queda de tu ruina amanerada, escucha la melodía
de maldad y odio que tocan los seres celestiales, saben que ya tu mandato llego al final, y que descansaras en supuesta paz esparcido por toda esta tierra que me pertenece.
Siente maldita escoria como mi sufrimiento quiebra tus huesos, sangra a orillas de mis pies, tu sangre es tan impura que se le hace posible tocarme,
desmembrate, aniquílate, fustígate, hiérete, hazlo ya, antes de que mis demonios internos muelan toda tu masa corporal en las calles de los pueblos aledaños, busca la manera más propicia de castigarte o simplemente dame
el honor de verte morir ahorcado con tus culpas flamantes.
Román Hernández
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